Creo que fue durante esos encuentros cuando comencé a erigirme en esto que -creo- soy ahora. A través de ti, me convertí en fetichista de las palabras. No de todas las palabras, ni de las de todas las personas. Pero sí de las tuyas. Desde la menor conjunción "y" hasta una de esas reflexiones profundas que dejabas caer como quien habla del color del cielo en una tarde de otoño.
Fetichista de las palabras. Atesoraba tus frases, de principio a fin, gesto por gesto. Cómo dijiste aquella frase, dónde miraban esos ojos, qué cadencia tenía tu voz. Me quedaba con cada una de ellas, como si a la vuelta de nuestro encuentro tuviera que hacer un examen y escribir todo en un papel. Y así es, así fue y así sigue siendo, muy de tarde en tarde. Disecaba tus palabras hasta hacerlas mías, hasta que me empaparan tanto que llegaran a construirme, hasta que un día, sin querer, sin pensar, me encontrase repitiéndote, haciendo míos esos esquemas de vida que tanto me sorprendieron.
Palabras. Como todo en esta vida mía, muchas palabras y pocos hechos. Y así sigo, recolectando palabras de otros, historias, hálitos de vidas ajenas que me empujan a seguir este raro camino que me va apareciendo a cada paso.
En cada uno de esos encuentros, siendo fieles al francés "rendez-vous", yo me rendía ante tu despliegue de vida, me rendía a todo lo que tenía delante y te confiaba mis torpes palabras frente a una cerveza, casi siempre, en un bar, muchas veces, siempre cutre, ruidoso, y sin embargo vacío de todo cuando tú hablabas.
Palabrería todo. Como este blog. Absurdo, incoherente.
Si nos comunicásemos mejor, ¿verdad, Carmen?
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